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Por Fabio Larrahondo V. / No tienen la fama de los Koguis, ni los guajiros…pero los Embera Chami también tienen su destreza y capacidad de arte en el tejido de sus bolsos, sus mujeres son expertas y todos guardan silencio cuando se les pregunta sobre las resinas naturales que utilizan para los colores.

Se les encuentra a lo largo de la carretera que desde La Virginia-Pueblo Rico, en Risaralda, lleva a Quibdó y que en la mayor parte tiene al majestuoso Río San Juan por compañía. Hay que pasar por pueblos como Playa de Oro, Guarato y municipios como Tadó e Istmina. En toda la zona huele a oro.

A lo largo de la carretera se suele ver a emberas que van y vienen en busca del sustento. Los hombres se adentran a la selva en plan de recolectores o se lanzan a orillas del San Juan y sus vertientes a pescar. También son cazadores.

Las mujeres van con sus canastos en busca de alimentos, pero sin adentrarse demasiado en la selva. Llevan plátanos, bananos, lulos, piñas y algunos otros productos. Mientras recorren largas distancias van tejiendo collares, pulseras, bolsos y  jigras. El silencio es su compañía. Cuando tienen bebés los cargan en mantas a sus espaldas, como lo han hecho a lo largo de centenares de años.

Cuando los niños están “grandecitos” los dejan solos en las casas, mientras que los mayores y sus padres salen a levantarse la vida. En las casas se mantiene el fogón prendido, el mismo que se convierte en sitio de encuentro. Desde muy pequeños les enseñan a mantener el fuego.

Cierta vez cuando me desplazaba hacia Quibdó por tierra visité el resguardo de Mesetas, en la margen izquierda del Río San Juan. Varios de ellos estaban enfermos de malaria, los “médicos” de ellos se encargaban de hacer esfuerzos por sanarlos sin necesidad de ir a hospitales, a estos sólo acuden en casos extremos y combinan las dos medicinas.

A ellos también les ataca el paludismo y la tuberculosis, enfermedades endémicas que suelen combatir con sus medicinas tradicionales, además de los rezos de los jaimanás.

Para llegar al Resguardo de Mesetas hay que cruzar por un puente colgante hecho en guadua y madera sobre el San Juan. Siempre hay hombres y niños vigilantes, cuando observan a algún extraño corren a avisar a sus superiores. Se pide permiso y deciden si dejan avanzar o atienden desde el puente.

Las viviendas se distribuyen alrededor de un extenso patio, son independientes y los une un gran quiosco donde se realizan encuentros, reuniones y ceremonias especiales, aunque habitualmente es espacio para conversar.

Para aquel entonces el gobierno nacional, mediante un convenio internacional, los había dotado de un teléfono satelital que funcionaba con energía solar. Les servía más para dar a conocer alguna amenaza o alguna incursión armada en la zona, pues ellos prefieren comunicarse mediante de viva voz, con “mensajeros” que van por los caminos y se pasan los mensajes unos a otros. Como los chasquis, incas.

A diferencia de los indígenas de la Guajira y los de la Sierra Nevada de Santa Marta no cuentan con el apoyo del gobierno nacional, ni con la gran prensa para promocionar sus tejidos. Casi en silencio los ofrecen en Pueblo Rico (Risaralda), en calles de Quibdó, en Cali, en Pereira y hasta en Armenia. Son tejidos hermosos y llenos de significados, no tejen por tejer, sino que en cada uno de sus productos comunican y cifran mensajes positivos para quienes los porten.

Los colores los obtienen de resinas naturales y de combinar jugos de  cortezas de árboles y de plantas, algunos los entierran durante un tiempo para que los colores “se peguen más” y para que los colores “maduren”. Los tejidos suelen ser en una planta llamada puerre, de semillas, frutas secas, en hilo y en “chaquiras”, como también en telas.

Cuando tengan la difusión necesaria y el apoyo de las instituciones gubernamentales sus tejidos, seguramente, también conquistarán muchos mercados porque la calidad y belleza de los mismos están aseguradas.

Fabio Larrahondo V.

Falavi2005@yahoo.com

@falavi2005

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